Ya no recordamos las veces
que nos hemos cortado el alma
con el aleteo de un ruiseñor.
Ni las veces que hemos sangrado
arcoíris y mariposas
sobre un campo de astros devastados.
Hace mucho que no jugamos
con los relojes de arena
que se ocultaban en el jardín
de nuestra infancia.
Volvamos a ese inicio de camino
donde el tiempo se reencarna.
¡Seamos ángeles, despleguemos nuestras alas!
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