sábado, 20 de octubre de 2018

Noches de cristales rotos.

Brújula sangrante
girando.Y clavándose
su propia aguja.
Un reloj que chilla.
Y un violín que canta
sobre el ladrido de un perro negro.
La lágrima convertida en petróleo
cae. y golpea fiera el contorno
de las ciudades consumidas
a ser, una cicatriz y su sombra.
En todos los rincones
hay un hombre con el alma fuera
de los huesos. O que llora mendrugos de pan
sobre su mano recién cortada.
La uña rota sobre la superficie
del cigarro. Nos recuerda
que todo se consume. Y que solo queda el dolor
de aquello nos muerde
en la cornea y el recuerdo.
Rota está la piel de las farolas.
Y abiertas las venas del asfalto.
Cada huella es una pequeña tumba
sobre el paisaje.
Una herida abierta por donde supuran
nuestras ,nuestras raíces ,nuestras guerras.
El café mancha de nostalgia
aquel papel en blanco.
Que hace tiempo estaba escrito con sangre
y la ceniza de un cigarro.
Y todo lo que hace tiempo
formaba parte de la fotografía.
es ya una inmensa deforme mutilada y gris.
La brújula. Gira descontrolada ante el recuerdo.
Ante el recuerdo del grito y de la noche.
Noches de cristales rotos.
Y narices partidas.
Noche en la que la brújula de sangre
se clavó  su propia agua.
Y señalando,
19º  al norte y  38º  a la violencia.
En el mapa urbano
del caos y las calaveras.

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