Flores grises crecen
en el umbral de los relojes.
Con sus raíces enredadas
entre los números
y las manecillas clavadas en los huesos
de algunos muertos sin nombre
ni fotografías.
Flores grises gritan
con plomo en sus pétalos
y sangre en sus correas.
Llorando lagrimas oscuras por los estambres
que ocultan, pequeñas calaveras.
Flores grises agonizan
en el jardín de los fusiles y los calendario.
Con sus tallos arañando las pieles
y los mecanismos
de aquellos relojes que se fragmentan
en un millón de latidos metálicos
de corazones.
En el jardín de la memoria
hay flores grises, que nacen con los ojos de los muertos
y mecánicos pulmones.
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