lunes, 30 de julio de 2018

Maniquí que disfrazado de metáfora

Suena la ultima campanada.
Ya es demasiado tarde para arrepentirse.
Ya es tarde para echarse para atrás.
Respiro hondo.
Bebo un trago de café.
Y agarro la pistola.
Esa pistola que oculta en su cañon
la ultima flor negra.
Y mientras cierro los ojos...
apunto con ella hacia mi pecho.
No quiero ver
como la melancolía atraviesa mi corazón.
Ni ver pétalos oscuros mezclados
con la sangre.
Con mis ojos apretando mis párpados
como dos apuñales.
Presiono con fuerza el gatillo.
Y dejo que una lágrima explote dentro de mis venas.
¡¡Boom!!
Ya no siento dolor...
Todo lo que siento es una blanca sensación de vacío.
Y de repente todo es
un inmenso precipicio donde los ángeles
tienen las alas calcinadas.
Y donde hay flores de plomo
hundiendo sus raíces junto con mis venas.
Y cuando, un ciervo de humo lamió mi herida
emprendí que había muerto.
Que ya no era mas que la sombra borrosa
de mi poesía.
Quise tomar el camino fácil.
Ese atajo de melancólica violencia
que tomaron antes de mí,
otros poetas.
Porque no sabia...
O no quería saber.
Que también se puede morir de forma violenta
llorando noche tras noche
versos manchados de lágrimas y pieles
sobre la superficie del papel.


El reloj grita incesante su oscuro tic tac.
Mientras yo...
Soy ese maniquí que disfrazado de metáfora
sostiene en su mano muerta
una pistola.
Mientras de su boca germina un tallo de sombra
Y una bala manchada de tinta.

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