por un compás herido.
La aguja de un reloj muerto.
clavadas en mi pecho.
El repicar de una campanas,
desde lo alto de una iglesia invisible.
Al otro lado de la vitrina,
una nube blanca pare un cielo.
Sobre el monte.
un millar de ojos verdes que me miran.
un rebaño de ovejas nocturnas,
que devoran los prados tierno del mediodía.
Una sola gota de sangre que cubre toda la tierra.
Ríos de poemas rojos,
que desconvocan en el mar de mis venas.
Saliva con sabor a hierro.
Metralla en mi garganta.
Un anzuelo de angustia morada clavado en mi boca.
Un cielo mortecino sin luna.
Un pulso.
por un compás herido.
Un verso que se desgarra
arrancándose tiras de la piel de un corazón.
lunas que anidan en mis pupilas.
y al fondo del horizonte,
un infinito vació negro que se desangra.
Un pulso.
por un compás herido.
Cera blanda goteando sobre mi mano.
Y una muerte repentina,
colgando como una serpiente de mi tejado.
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