lunes, 6 de agosto de 2018

Ciborgs urbanos.

Como si fuermos ciborgs
perfectamente programados
Reímos a carcajadas
Con una mueca inpertubable.
Gritamos en silencioso.
Y nuestras lágrimas están secas.
Somos muertos en vida.
Maniquís vivientes
Que permanentemente llevan puesta
la mascara del dolor y de la indiferencia.
En un vago intento
de ocultar nuestras emociones.
Como quien oculta un crimen
enterrando el cadáver en la parte trasera del jardín.
Nada nos importa.
Porque el tiempo no has puesto una losa emocional
sobre el pecho.
Nada nos estremece.
Ni nos produce dolor de llanto.
Tal vez seamos sombras de psicópatas
caminando entre los laberintos multiformes
que compone la gran ciudad.
Autómatas progamados para no sentir
Ninguna clase de empatia.
Ni de lastima por aquello que nos rodea.
A veces pareciera
que nos sangra el corazón ante la miseria.
Pero antes
de sentir esa gota de sangre
Preferimos girar la cabeza y mirar hacia un muro
en donde no podamos ver el avejentado rostros del hambre.
Ni escuchar su grito desgarradamente oscuro.
Y seguir nuestro camino
hacia nuestro útero de cristal.
Sin importar lo que dejamos a nuestra espalda.
Ajenos a todo.
Sin pensar en nada.
No somos más maquinas con piel que viven deprisa.
Y que ocultamos nuestros rostros en blanco
tras una máscara que llora
lágrimas y sangre.

Detrás de nuestros muros de placenta urbana...

A veces se nos olvida que somos
seres humanos.

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