El tiempo.
Es una mariposa de azufre.
Posándose en las yemas de los dedos.
Una rosa caníbal,
que va devorando lentamente
un corazón abierto.
Un pez de humo,
nadando en un mar de espejos.
Un niño de agua solida
que llora dentro de una burbuja de sangre
Buscando entre las pupilas de la osa mayor.
La leche pura del universo.
El tiempo,
Muerde con sus diminutos dientecillos
la fina piel del sueño.
Y se va comiendo piel a piel mi alma.
Hasta dejar mi cuerpo
convertido en una larva mustia
Que se consume
dentro de su propio corazón desnudo.
Corazón que escucha nadie.
Porque el tiempo...
Vive. Y esta vivo en cada pestañeo
imperceptible de la hormiga.
En cada arañazo
que va desgarrando fibra a fibra
la piel del aire.
Tiempo es la raíz que mantiene el alma
anclada al pecho.
Como las uñas de una halcón de humo
a la rama de fuego.
Ese instante de pequeña muerte.
De muerte dormida en el verso.
Tiempo es:
El suspiro ultimo del poeta.
Antes de volverse cielo azul sobre los campos.
Un barco surcando
Un mar repleto de pupilas todas negras.
Pozo diminuto de la noche eterna.
Aquello que parece,
una cadena de eternos latidos.
Y que luego...
se vuelve polilla de humo agonizando
dentro del pecho.
Tiempo.
Tiempo.
Tiempo.
Mi alma dividida en los pulsos del minutero.
Mi cuerpo.
Cadáver para los astros,
que se desean devorar con saña
cada fibra de mi pelo.
Tiempo.
Feto transfigurado con el rostro
de la polilla blanca.
Pozo donde se hundió el primer todo.
Y salio a flote
el esqueleto de la nada.
Tiempo.
Tiempo.
Tiempo.
Mariposa de azufre,
volviéndose larva sobre la yema de mis dedos.
Dedos que son dos tallos
de venas crepusculares
atravesando un cielo abierto.
Tiempo es:
La distancia entre la difusa realidad que se pierde
entre los umbrales del silencio.
Y la manta de pupilas de papel que envuelve
la final piel del sueño.
Tiempo.
Tiempo.
Tiempo.
Mi hora. Un niño muerto bajo tu pelo.
Niño que tiene bajo sus encías,
la orquídea blanca del sueño.
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