Mil millones de pequeñas
golondrinas
Anidan en el ojo de una
vaca.
La noche. Son decenas de
caballitos negros,
Atravesando un campo de
pestañas.
Un hilo de negro aceite,
Que gotea de la boca de un
can de ceniza.
Un can. Que tiene dientes de
afilada luna.
Y rompe de un solo mordisco
La gruesa tela del cielo.
De ese cielo, que esconde
entre sus fibras
Miles de uñas de recién
nacido.
Y alas de luciérnagas,
Con una navaja de barbero
Corté las alas del cuervo.
Y todas sus plumas como
gotas de lluvia,
Fueron cayendo como
diminutos misiles sobre las calles.
Atravesando los corazones,
Que laten en el subsuelo.
Asomada a mi balcón del
milésimo piso.
Toda la ciudad es un campo
de árboles de metal.
Y montes de cemento y acero.
Formando un turbio paisaje
con flores de sangre seca,
Y horizontes en forma de
edificios calcinados.
Edificios en cuyas paredes
recubiertas por lagrimas y tiras de piel.
se ven orinar a los niños.
Y en cuyos escombros duermen
los perros.
Con una luciérnaga entre los
dientes.
Bajo el foco de la luna,
El sonámbulo camina
con su propio corazón entre
las manos.
Y es necesario que San Gabriel
toque la trompeta para despertarlo.
Pues se haya muy lejos.
Más lejos de lo que el que
sueña jamás haya estado.
Al otro lado de la muerte.
La tristeza respira en la
nuca del poeta.
Y es la sangre que gotea de
su pluma,
la que dibuja el rostro de
Perséfone sobre el papel.
De una forma tan exacta y
perfecta
Que el inframundo se
convirtió en un toro
Y se alzó sobre sus dos
patas.
Rozando con sus pezuñas la piel de Dios.
He visto al tiempo volverse liquido
Y a las esferas de los relojes
cayendo sobre los ojos de aquellos que sueñan con la
piel
Fuera de las costuras de la
carne.
Y a la muerte convertida en un gato de humo
Atravesar corriendo un horizonte repleto de espejos.
Espejos que se rompieron a su paso,
como se rompe el suelo ante un estruendo de raíces.
Liberando fantasmas prisioneros
en una cárcel de pequeñas sombras.
Tras el estallido del cristal.
Todo se volvió silencio.
Y el aleteo de mil millones de golondrinas....
resonó dentro de los ojo de la vaca.
Como un pequeño eco perdido en medio de una ciudad
sepultada por miles de estrellas de plomo.
Una ciudad donde las calles fueron adoquinadas,
con las plumas del cuervo.
Y sus edificios calcinados esconde corazones de carbón
entre sus cimientos.
Desde mi ventana del milésimo piso observo la noche,
Convertida en un pozo.
Un pozo donde se hundía la luna.
Y yo me hundí con ella.
Llevando el peso de la ultima madrugada
como una losa sobre mi pecho.
No hay comentarios:
Publicar un comentario