lunes, 7 de marzo de 2016

Paisaje noctambulo.

Mil millones de pequeñas golondrinas
Anidan en el ojo de una vaca.
La noche. Son decenas de caballitos negros,
Atravesando un campo de pestañas.
Un hilo de negro aceite,
Que gotea de la boca de un can de ceniza.
Un can. Que tiene dientes de afilada luna.
Y rompe de un solo mordisco
 La gruesa tela del cielo.
De ese cielo,  que esconde entre sus fibras
Miles de uñas de recién nacido.
Y alas de luciérnagas,
Con una navaja de barbero
Corté las alas del cuervo.
Y todas sus plumas como gotas de lluvia,
Fueron cayendo como diminutos misiles sobre las calles.
Atravesando los corazones,
Que laten en el subsuelo.
Asomada a mi balcón del milésimo piso.
Toda la ciudad es un campo de árboles de metal.
Y montes de cemento y acero.
Formando un turbio paisaje
con flores de sangre seca,
Y horizontes en forma de edificios calcinados.
Edificios en cuyas paredes 
recubiertas por lagrimas y tiras de piel.
 se ven orinar a los niños.
Y en cuyos escombros duermen los perros.
Con una luciérnaga entre los dientes.
Bajo el foco de la luna,
El sonámbulo camina
con su propio corazón entre las manos.
Y es necesario que San Gabriel 
toque la trompeta para despertarlo.
Pues se haya muy lejos.
Más lejos de lo que el que sueña jamás haya estado.
Al otro lado de la muerte.
La tristeza respira en la nuca del poeta.
Y es la sangre que gotea de su pluma,
la que dibuja el rostro de Perséfone sobre el papel.
De una forma tan exacta y perfecta
Que el inframundo se convirtió en un toro
Y se alzó sobre sus dos patas.
Rozando con sus pezuñas  la piel de Dios.
He visto al tiempo volverse liquido
Y a las esferas de los relojes 
cayendo sobre los ojos de aquellos que sueñan con la piel
Fuera de las costuras de la carne.
Y a la muerte convertida en un  gato de humo
Atravesar corriendo  un horizonte repleto de espejos.
Espejos que se rompieron a su paso,
como se rompe el suelo ante un estruendo de raíces.
Liberando fantasmas prisioneros
en una cárcel de pequeñas sombras.
Tras el estallido del cristal.
Todo se volvió silencio.
Y el aleteo de mil millones de golondrinas....
resonó dentro de los ojo de la vaca.
Como un pequeño eco perdido en  medio de una ciudad
sepultada por miles de estrellas de plomo.
Una ciudad donde las calles fueron adoquinadas,
con las plumas del cuervo.
Y sus edificios calcinados esconde corazones de carbón
entre sus cimientos.
Desde mi ventana del milésimo piso observo la noche,
Convertida en un pozo.
Un pozo donde se hundía la luna.
Y yo me hundí con ella.
Llevando el peso de la ultima madrugada
como una losa sobre mi pecho.















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